Efectos del aislamiento social en la salud física

By Nancy Castrillón

“La soledad se admira y desea cuando no se sufre, pero la necesidad humana de compartir cosas es evidente.” Carmen Martín Gaite

2. Aislamiento social y salud

La soledad hace referencia a la percepción de aislamiento social o la experiencia subjetiva de estar solo, con base en esto, la soledad necesariamente implica un sentimiento subjetivo de estar solo. La soledad también se ha descrito como la insatisfacción o discrepancia entre las relaciones sociales deseadas y las reales (Peplau & Perlman, 1982).

Por otro lado, es importante distinguir que, a veces el aislamiento social y la soledad no se correlacionan significativamente; esto significa que algunas personas prefieren o eligen estar solos o aislados; en cambio otras pueden tener un contacto social frecuente, pero se sienten solos. Por tanto, es importante tener en cuenta la diferenciación conceptual entre aislamiento social y soledad, ya que ambos tienen unos efectos diferentes para la salud y una influencia relativa en cuanto a la mortalidad.

Con respecto a la soledad y el aislamiento social real y percibido se ha encontrado una asociación con comportamientos de salud más pobres, como:

  • Tabaquismo
  • Inactividad física
  • Falta de sueño

Y a su vez, cada uno de estos comportamientos también se han asociado con diversos efectos adversos en los procesos biológicos del organismo, y por ende en el estado de salud, como: presión arterial más alta; proteína C reactiva, aumento en los perfiles de lípidos y un funcionamiento más pobre del sistema inmunológico (Holt-Lunstad et al., 2015).

Por otra parte, la perdida de las conexiones sociales, también se han asociado con el estado de ánimo depresivo y deterioro cognitivo (Cacioppo & Cacioppo, 2018). Con respecto al deterioro cognitivo se ha informado que el aislamiento social influye negativamente en los procesos de aprendizaje y es un factor de riesgo de accidente cerebrovascular (Dhand et al., 2016) y la aparición de la enfermedad de Alzheimer (Samson, 2007). 

En un estudio realizado por la Universidad de Birmingham en el año 2015 y dirigido por Holt-Lunstad, se informó que la soledad no es un problema exclusivo de la gente mayor, es decir que, la soledad y el aislamiento social no están relacionados directamente con la edad; ya que los adultos de mediana edad están en mayor riesgo de mortalidad cuando están solos o viven solos que cuando los adultos mayores experimentaron esas mismas circunstancias.

Así mismo, se ha encontrado suficiente evidencia científica que indican que el aislamiento social objetivo y subjetivo es comparable con los factores de riesgo bien establecidos que  tiene el departamento de salud de Estados Unidos con respecto a la mortalidad y la falta de actividad física, la obesidad, el abuso de sustancias, el comportamiento sexual de riesgo, los trastornos de salud mental, las lesiones y la violencia, la contaminación ambiental y la falta de acceso a la atención médica o servicios de salud.

Con respecto a los adultos mayores, se ha encontrado que además del deterioro cognitivo, el aumento de los síntomas de depresión, la soledad y el aislamiento social, están asociados con la progresión de la fragilidad. La fragilidad es un síndrome clínico cuya característica principal es la de mayor vulnerabilidad a los factores estresantes debido a la disminución de las reservas fisiológicas, disminución de la capacidad de mantener la homeóstasis y deficiencias en múltiples sistemas.

La fragilidad en los adultos mayores, puede observarse claramente en la baja resistencia de agarre y disminución en la velocidad de la marcha, baja actividad física, agotamiento, pérdida de peso no intencional, aumento de las dificultades en las actividades de la vida cotidiana.

 Además, la soledad puede aumentar la probabilidad de sarcopenia, el cual es un síndrome relacionado con la edad y esta caracterizado por la pérdida de masa muscular esquelética y fuerza. La etiología de la sarcopenia es multifactorial e implica comorbilidad, inflamación, resistencia a la insulina, cambios en la función endocrina, deficiencias nutricionales y baja actividad física (Walston 2012).

Referencias

Cacioppo, J. T., & Cacioppo, S. (2018). The growing problem of loneliness. The Lancet, Vol. 391, p. 426. doi.org/10.1016/S0140-6736(18)30142-9

Dhand, A., Luke, D. A., Lang, C. E., & Lee, J. M. (2016). Social networks and neurological illness. Nature Reviews Neurology, Vol. 12, pp. 605–612.

Gale, C.R., westbury, L., & Cooper, C. (2018). Social isolation and loneliness as risk factors for the progression of frailty: the English Longitudinal Study of Ageing. Age and Ageing; 47: 392–397 doi: 10.1093/ageing/afx188

Holt-Lunstad, J., Smith, T. B., Baker, M., Harris, T., & Stephenson, D. (2015). Loneliness and social isolation as risk factors for mortality: A meta-analytic review. Perspectives on Psychological Science, 10, 227-237.

Walston JD (2012). Sarcopenia in older adults. Curr Opin Rheumatol; 24: 623 – 7.

https:/www.hhs.gov

 

 

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